
Me apetecía tomar un café y no dudé ni un solo momento en acercarme a uno de los puntos neurálgicos del casco antiguo de la ciudad, me apetecía ver gente, mucha gente. Que mejor lugar que el borne, ancho bulevar con sus mundanos paseantes a lo largo de los siglos.
Me acomodé en una de las terrazas que pude encontrar allí, e inmediatamente al verme el camarero, se acercó y me preguntó lo que deseaba. -un café bien cargado- le respondí ipso facto sin dudarlo un solo instante. Me quedé allí en la terraza, esperando, de mientras, observaba a las esfinges, más conocidas como "las leonas". Estas se encuentran al principio de dicho paseo. Durante varios segundos, mientras esperaba, me vi sumergido en aquella bonita postal y pensé en lo afortunado que soy yo y todos los que vivimos en la isla.
La gente paseaba. Algunos turistas iban armados hasta los dientes con sus cámaras , jóvenes desaliñados, otros no tan desaliñados ni tan jóvenes, víctimas de la logse, padres paseando a sus hijos con cigarro en boca, motoristas, conductores de autobús y mujeres que me miran de reojo. Allí estábamos las esfinges y yo. Las primeras, estatuas, el segundo observaba. Nuestro cometido, durante instantes fue el mismo, dejar pasar el tiempo y observar todo lo que pasaba ante nuestros ojos.
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