Ya eran las 12 del mediodía cuando me dispuse a pedir un cucurucho con la bola de chocolate más sabrosa que pude probar. La gente iba resoplando, y es que una nueva ola de calor había caído sobre la ciudad, 38 grados marcaba uno de esos termómetros gigantes que instalan en toda ciudad para agobiar más a la gente en temporadas calurosas. Pagué los dos euros que me pidieron por el dulce, y comencé a caminar por la amplia Avenida de Jaime III. Me di cuenta de que la mayoría de los peatones eran de países extranjeros, y es que tanto las alturas, los tonos de sus pieles o el color rubio platino de sus cabellos los delataban fácilmente ante mi atenta mirada.
Comencé a usar el sentido del oído, y al cerrar los ojos me di cuenta de que la lengua que hablaban estos no era igual a la mía, y durante instantes me encantó escucharlos y pude soñar que me encontraba en un lejano país del norte de europa. Seguí divagando entre sueños despierto pasando de países a distintos continentes, y es que mi ciudad es una de las más cosmopolitas que hay en el mundo. Abrí los ojos y volví a encontrarme en la misma Avenida y con un único medio de transporte, mis pies... Algunas veces podemos soñar despiertos, sólo hace falta un poco de ganas e imaginación.
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