La tarde transcurrió tranquila y, por primera vez en el año los domingueros se decidieron a coger sus coches y visitar los diversos rincones de la isla. Las playas recibieron sus primeras visitas y estas acariciaron las prematuras plantas de los pies de algún niño extranjero o de la zona. El sol, a media mañana, fue un remolón y picaba como el que más, pero al llegar la noche y con ella la esperada luna y sus estrellas para los más románticos, éste fue bajando poco a poco por el horizonte con una forma totalmente circular despidiéndose de los últimos, de los que más lo han aguantado en el día de hoy y los únicos que se merecen verlo. La espera mereció la pena...
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