Nos encontrábamos en una sala pequeña y oscura, la hermana de la mujer que nos captó en la estación de tren era la que regentaba el hostal al cual habíamos ido a parar. Arrugada y con bigote como si se tratase de una abuela siciliana y con vestido de flores negro. Nos dio la llave de nuestra habitación y nos fuimos a la piltra inmediatamente. Parecía ser movida por hilos, como si de un ser sin vida se tratase. Los movimientos eran lentos y tardíos, y le costaba reaccionar a nuestras preguntas sobre el desayuno y la comida que ofrecía la fonda.
A la mañana siguiente, no me despertó el cantar de los pájaros, ni la bocina del panadero que me habían dicho pasaba cada mañana a las 09:00 horas como un clavo. Fue un cantar, un cantar flamenco acompañado de un fuerte olor a puro, un buen Farias. Me asomé por la ventana todavía con alguna legaña colgando y, que impresión la mía al ver lo que vi... Era aquella vieja mujer, la "siciliana", cantando por bulerías y fumando un puro mientras tendía ropa en la coladuría del edificio... Miré a mi compañero de infantería que dormía en la cama de al lado, el también se había despertado y, con medía sonrisa, le dije, "manda huevos paisano".
No hay comentarios:
Publicar un comentario